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domingo, 29 de enero de 2012

Astérix y Obélix, y el 'Moudrix'

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“Nos encontramos en el año doce después del efecto 2000. Todo el ‘planeta fútbol’ está tomado por las centurias culés, otrora forjadas en la inacabable fábrica de la Masía… ¿Todo? ¡No! Hay una pequeña aldea, capital de reino, que, poblada por irreductibles merengues, resiste todavía y siempre al invasor blaugrana...”  Perfectamente, podría ser este uno de los comienzos de las famosas historias de Astérix y Obélix, los galos más universales, si estas se desarrollaran en la actualidad. Y es que el Barsa lleva unos años ocupando, con merecimiento y de manera indiscutible, el trono del fútbol mundial y aniquila a cualquier equipo que intenta rechistarle lo más mínimo (véase y consúltese ahora, antes de proseguir con la lectura, los siguientes casos: Arsenal, Manchester United y Chelsea, entre otros). Por eso, y precisamente por eso, el partido del pasado miércoles, el enésimo clásico, el nonagésimo ‘partido del siglo’, que enfrentó al Barcelona y al Real Madrid fue el mayor espectáculo que puede verse hoy en día sobre la faz de la tierra. En él se vislumbró por fin a un equipo de fútbol que pudo plantar cara al todopoderoso club blaugrana y durante unos minutos lo tuvo contra las cuerdas y todo fue posible, incluida la poco probable remontada.


Sin embargo, ya lo adelanto, hoy no voy a escribir sobre los árbitros ('¡villarato!’), descontados descuentos, tarjetas amarillas teñidas de rojo artificial ni ‘penalties’ fantasma (como los goles que son pero que injustamente no suben al marcador); tampoco pretendo perorar sobre cámaras y micrófonos que se encienden en una entrevista cuando deberían permanecer fuera de funcionamiento; ni siquiera me planteo la posibilidad de hablar de los que hablan (¡vaya redundancia!) de ‘burros con gafas’, de los que visitan con nocturnidad y alevosía al equipo colegial en el aparcamiento de un estadio que no es el suyo, y de los que otrora hablaron de ‘baños’ y hace unos días temblaron a causa del miedo y de la fría noche barcelonesa, quizá, más por lo primero que por lo segundo… Hoy, sólo quiero escribir de fútbol, acerca de fútbol y sobre fútbol, ‘fútbol total’.
El otro día disfrutamos de un auténtico partidazo, de esos que hacen afición y nos recuerdan que esto del fútbol no se trata sólo de “once tíos detrás de un balón”. Este clásico fue una lucha de poder a poder, con grandes ocasiones de gol y mejores goles. Nadie sabía qué iba a pasar. Una vez más, la realidad superó a la ficción. Y quizá, y sólo digo que quizá, el partido fue incluso mejor que la propiedad realidad (‘…even better than the real thing’). Hubo de todo: emoción, nerviosismo, garra y heroísmo. Fueron los del Camp Nou noventa minutos de pura intriga, hora y media de ‘blockbuster palomitero’, con fuegos artificiales incluidos tras la proyección. Al igual que una buena obra teatral, el encuentro ofreció dosis de alegría, intriga, tristeza y sentimientos para todos los gustos; con, además, todas las partes bien delimitadas: introducción, nudo y desenlace. En definitiva, lo del último miércoles noche fue la transformación de la tan denostada Copa del Rey en una obra de arte posmoderna.

Y, mientras yo veía emocionado el clásico en la terraza de un bar y reflexionaba sobre todo lo que aquí escribo ahora, no pude evitar preguntarme algo triste (entre ‘huy’ y vítores, entre tics nerviosos y codazos al de al lado, que siempre es más impasible y tranquilo que uno mismo): ‘¿Por qué somos aficionados de un solo club o equipo de fútbol? ¿O por qué nos ciegan unos colores y nos impiden ver más allá, nos impiden disfrutar de un espectáculo fantástico en el que todos ganamos, de una manera o de otra?’. ‘Ojalá’, se me ocurrió a escasos minutos del final del choque, ‘fuera siempre así: un bar lleno de aplausos y gritos de júbilo, de risas nerviosas, de gente agolpada en la fría calle frente al televisor, con los dedos cruzados y los ojos como platos’. Porque jugando así de bien, al final da igual ganar o perder y del equipo que sea uno; lo mismo que la inmensa mayoría de las veces en la vida no importa el qué, sino el cómo, y no importa tampoco el destino al que viajemos y sí, en cambio, importa y mucho el camino que nos llevará hasta él.
‘Ojalá’, me repito en el trayecto de vuelta a casa, ‘algún día seamos capaces de alegrarnos gane quien gane y disfrutemos de la fiesta del fútbol no únicamente cuando vencen los nuestros y sí, en vez de eso, cuando se imponga el mejor y el que más y mejor juega’. Mientras tanto, y hasta que ese día llegue, espero que al menos haya más equipos que se atrevan a discutirle al Barcelona el trono del `planeta fútbol’, equipos como el Real Madrid de la pasada noche de miércoles o, mejor dicho, debería llamarlo el Real ‘Moudrix’, ese club histórico procedente de una pequeña aldea, capital de reino, que, poblada por irreductibles merengues, resiste todavía y lo hará siempre al invasor blaugrana; y, en concreto, se atreve a hacer frente al ‘César’ Pep y a su mariscal de campo Messi. Este ‘Moudrix’, de recios galos (y no galos) como los legendarios  Astérix y Obélix, y el pequeño Idéfix (inolvidable), podrá ganar o perder la liga, podrá ganar o perder la ‘Champions’… Eso nadie lo sabe a día de hoy. Lo que sí es seguro y cierto es que jugando como lo hizo la otra noche no habrá madridistas tristes ni desilusionados. Lo decía antes y lo repito de nuevo: no importa tanto el final del viaje como el viaje en sí mismo. No es acerca de vencer o de caer derrotado, es sobre cómo se gana o se pierde.
P.S.: en otro orden de cosas e independientemente de la casta mostrada por los jugadores en el campo, parece ser que el druida Panorámix (alias Mou), que tan mal lo hizo en el partido de ida, el miércoles dio con la tecla para batir a los ‘Pep´s show boys’ y fue capaz de preparar un brebaje que dotó a los merengues de un plus, de un extra. ¿Se habrá vaciado ya el caldero del druida o quedará pócima mágica para el resto de la temporada?

Sigue al autor en Twitter: @fer_garciacruz
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jueves, 19 de enero de 2012

'Entre Pinto y Valdés-moro'

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Ayer, justo después de abandonar el hotel de concentración, el autobús que tenía que llevar a la plantilla del Real Madrid hasta el Santiago Bernabéu se perdió. Fue culpa del chófer pero también hay que decir, en su defensa y a modo de disculpa, que con tantas zanjas y obras como hay en la capital de España le resultaría difícil no perderse hasta al más experto de los taxistas madrileños. El caso es que este pobre chófer, sobre el que recaerán todas las culpas del desastre de anoche durante los próximos días (sólo es cuestión de tiempo que esta noticia que aquí desvelo se descubra y salga publicada en todos los medios de comunicación), se perdió totalmente y el despropósito esperpéntico se puso de manifiesto cuando este conductor, sin darse cuenta, incorporó el blanquecino autobús que conducía en la mismísima autovía. Ahí la situación ya pasó de ser grave a volverse muy, pero que muy, grave y en el rostro de Mou, y también en el de sus jugadores, empezó a dibujarse una expresión de terror, una duda que adquiría peso y forma con cada kilómetro que se alejaban del Paseo de la Castellana: “¿Y si no encontramos el camino? ¿Y si no llegamos a tiempo al campo?”
Esto ya no lo sé a ciencia cierta, pero me han comentado fuentes oficiales del club merengue que un par de horas antes del ‘clásico’, cuando los directivos ya empezaban a preocuparse porque el autocar parecía llegar con retraso al campo, la entidad recibió una llamada de un miembro de la plantilla (no me han querido decir quién hizo la llamada) que les informó de que el bus de la comitiva blanca se encontraba perdido en plena meseta, parece ser que en algún lugar remoto ubicado entre las localidades de ‘Pinto y Valdés-moro’. La catastrófica noticia tardó apenas unos minutos en llegar a oídos de Florentino Pérez que, bastante asustado, pidió ayuda a sus hombres de confianza con la intención de encontrar entre todos una solución a tamaño problema.
Curiosamente, también me cuentan, fue Miguel Pardeza (por otra parte, siempre tan callado y discreto) el que tuvo la genial idea: “Presi”, le espetó a Florentino, “yo conozco a unos chavales, son de la selección madrileña de karate, que no tratan muy mal el balón y que bien maquillados podrían pasar por nuestros jugadores de la primera plantilla”. Como ya quedaban algo menos de dos horas para el pitido inicial del ‘clásico’ y nada se sabía del autobús extraviado, el presidente del Real Madrid no pudo negarse a la propuesta de Pardeza e, inmediatamente, se iniciaron todos los trámites necesarios para ponerse en contacto con la Federación Madrileña de Karate.
Emilio Butragueño fue el encargado del maquillaje y de la transformación visual de los ilustres karatekas en estrellas de fútbol. Y la verdad es que el resultado quedó muy convincente. Además, es que estaban todas las estrellas blancas, casi parecían los auténticos: al más guapetón de la selección de karate lo disfrazaron de Cristiano y lo caracterizaron de manera tan excelente que hasta acabó marcando el único gol del Madrid (resulta casi paradójico que la mejor versión de CR7 no sea ni siquiera una versión del propio CR7, sino su doble, su suplantador); como encontraron en el vestuario (la ‘transformación visual’ se realizó en el propio estadio debido al poco tiempo disponible) un tinte para ponerse mechas en el pelo, a otro le hicieron parecerse a Coentrao; al más ‘calvito’ y que, además, era el único de toda la selección madrileña de karate que poseía el codiciado rango de cinturón negro, le tocó hacer de Pepe y se empleó a conciencia, utilizando todos sus movimientos aprendidos durante años de constante instrucción; con el que iba a hacer de Ozil el equipo de caracterización lo tuvo más complicado, ya que el maquillaje necesario para que los ojos del karateka en cuestión se asemejaran a los del alemán tardó bastante más rato en ser aplicado y quedar bien y, por tanto, el ‘falso’ Ozil pudo salir a jugar únicamente en la segunda parte, sustituyendo a un Lass también ‘falso’ que, como le sucede a todos los ‘Baltasares’ cutres de las cabalgatas de Reyes Magos, se le caía la pintura con el sudor y empezaba a poder entreverse su verdadera pigmentación de la piel, blanca, muy blanca. De modo que, minutos antes de que el balón echase a rodar, ya estaban todos los jugadores listos y todos, además, caracterizados a la perfección; a un experto le hubiese sido realmente difícil distinguir en ese momento a los jugadores ‘originales’ (perdidos en La Mancha) de los dobles.
Sólo había uno que realmente había sido y, de hecho, era jugador del Real Madrid y no, por tanto, karateka, aunque este futbolista en cuestión no es que hubiese jugado muchos minutos en lo que llevamos de temporada. Se trataba de Altintop (‘Altin-top’, la sílaba ‘top’ habla por sí misma) que, como se había dejado las botas olvidadas en casa, volvió del hotel a recogerlas (con el permiso del auténtico Mou) y ya no le dio tiempo de regresar a la concentración para coger el autobús, así que fue al campo por su cuenta y eso le evitó el perderse con el resto de sus compañeros. Como resulta que este tal Altintop, aunque no lo pareciera por sus características técnicas, sí que era jugador de verdad del Madrid, el ‘falso’ Mou lo colocó en el once titular, por aquello de que algo bien tendría que hacerlo, al menos lo haría supuestamente mejor que el resto de karatekas, y, además, así se ahorraban tener que maquillar y disfrazar a otro más, que el tiempo cada vez andaba más justo y a Butragueño ya no le llegaba la camisa al cuello con tanto trabajo acumulado.
Al final pasó lo que irremediablemente tenía que pasar y ganó el Barcelona, aunque sólo por un gol y necesitó remontarle el partido al ‘falso’ Madrid. Los karatekas convertidos en estrellas del fútbol lo intentaron con todas sus fuerzas, pero no pudo ser y acabaron desquiciados, tanto que llegó un momento del encuentro en el que se olvidaron del deporte al que estaban jugando y comenzaron a utilizar llaves y golpes más propios de las artes marciales que tan bien dominan… Pero, a ver, qué le vamos a pedir a estos pobres hombres que bastante mal rato sufrieron ya al tener que sustituir, de sopetón y de golpe, a ‘cracks’ mundiales como Cristiano, Benzema y Xavi Alonso.
Ellos lo intentaron con toda su alma. La culpa de todo este desastre la tiene el chófer, ese conductor de autobús que, según me comentan, sigue perdido por los páramos de España. Tengo novedades: Di María acababa de subir una foto a su cuenta de Twitter, una imagen en la que se ve a un burro; quizá, se me ocurre, estén en Mijas, quién sabe. De momento, gracias a Dios, todavía tienen una semana entera para encontrar el camino de vuelta a casa y viajar a Barcelona ya que, para desgracia merengue, esta eliminatoria no es a partido único (como envidio a los ingleses) y en unos días tendremos el partido de vuelta. “¿Por qué?” (Imaginadme diciéndolo con acento portugués).

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miércoles, 11 de enero de 2012

"Dejadme soñar"

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Érase una vez que se era la historia de una ciudad que vivía instalada en la segunda división del fútbol español y que soñaba, llevaba años soñándolo, con ser de Primera o, al menos, con estar en primera división. De hecho, esta ciudad y su equipo llevaban décadas soñando con llegar a lo más alto del panorama nacional y quizá por eso, porque esta ciudad a orillas del Guadalquivir sólo soñaba (“y los sueños, sueños son”) y no hacía nada para hacer realidad sus sueños, nunca lo lograba. En cambio, esta ciudad y su equipo sí se encontraban, para su desgracia, ‘dormidos’ en la más profunda de las mediocridades, en la inactividad más absoluta y el fracaso más abyecto. Cierto es que la ciudad había vivido tiempos peores, épocas de ostracismo en las que se veía repudiada a las entrañas del grupo cuarto de Segunda división ‘B’. Pero también hay que decir que la situación actual tampoco es que fuera mucho mejor ni para ‘tirar cohetes’, con el club sumido en una crisis deportiva que lo ahogaba y atrapado a su vez por una deuda económica que maniataba cualquier proyecto medianamente serio de dar el gran y tan anhelado ‘salto de calidad’.
Sinceramente, quedaban ya pocas personas en la ciudad que recordasen el pasado glorioso de la entidad, que hubieran visto al club en primera división y hubiesen asistido al campo para ver jugar (frente a su equipo) al Real Madrid, al Barcelona o al Atlético de Madrid. El tiempo pasa inexorablemente y la gente olvida y también se acostumbra, se acostumbra a no ser importante y a ser, al mismo tiempo, un equipo mediocre, un club de segunda fila y entonces, cuando eso ocurre, a la grada sólo le queda la posibilidad de recordar, la baza de fantasear con lo ocurrido hace tanto y, si han pasado muchos años (como le ocurría a esta ciudad y a su club), este recuerdo también se ve difuminado, cuando no borrado. Toda la historia se ha perdido y ya no quedan memorias en las que instalarse. No hay nada, salvo la nada más absoluta. Y es entonces, en ese triste y preciso instante, cuando se empieza a soñar, cuando se imagina y se fabula y se crea, todo ello con tal de escapar, de no aceptar la realidad, que es demasiado triste y agobiante.


Y, qué sorpresa, esta ciudad soñó tanto y con tanta intensidad y durante tanto tiempo que, cuando peor era su situación, el equipo se plantó, ‘sin comerlo ni beberlo’, en octavos de final de la Copa del Rey y no sólo eso, sino que, además, el club tenía serias opciones de llegar a los cuartos. Todo iba a depender de una noche, dependería de una noche…
Todo dependerá de esta noche, una velada en la que el Córdoba visita el campo del Espanyol y en la que tiene que defender la ventaja de dos goles a uno ganada en el partido de ida de hace una semana. Y a mí, sinceramente, me da igual que el Córdoba pase la eliminatoria esta noche ganando, empatando o perdiendo por la mínima; tampoco si consigue sellar el billete para los cuartos con un ‘golito’ en fuera de juego o de penalti inventado e inexistente y, aún peor y más marrullero sería, con el tiempo añadido ya sobrepasado. Lo importante de hoy, de esta noche (a las nueve y sólo para los ojos del PPV, resto de mortales vía radio) es pasar y batirnos con el Mirandés dentro de escasos días y, por qué no llegar a semifinales, algo que sería histórico, y, ya que estamos en semifinales, por qué no alcanzar la gran final ante un Madrid o un Barsa (se me hace la boca agua sólo de pensarlo) y alzar el título, y en ese momento ser leyendas y recordar de pronto toda aquella gloria ‘cordobesista’ perdida décadas atrás y…

¿Qué queréis? ¿Por qué os extrañan mis disparates y mi exacerbada imaginación? Al fin y al cabo, yo también soy hincha del Córdoba y, como tal, estoy atado a aquella extraña maldición que nos hace soñar y soñar, imaginar e imaginar, todo con el propósito de escapar, de no aceptar la cruda realidad y excavar en el pasado olvidado y que al estar olvidado, por tanto, no somos ya capaces de narrarlo, ni siquiera de recordarlo. Aunque, ahora que lo pienso no sé a ciencia cierta, no sé qué creer y qué esperar del partido de hoy. Quizás esta noche sea todo distinto y el equipo esté bien ‘despierto’, con los pies en el suelo y sabiendo lo que se juega… “Dejadme soñar”, os decía antes y os imploro ahora; y, esta noche, ¡todos con el Córdoba!



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